No sé si les habrá pasado, pero a veces nos encontramos privados de nuestras emociones; hay ciertas emociones que están bien vistas o que son consideradas razonables; es más, en ocasiones si no muestras un estereotipo de emociones que vaya acuerdo con ciertos actos o procedimientos (por ejemplo llorar o estar serio en un entierro, saltar de alegría si te toca la lotería...etc.), te pueden tachar de bicho raro e insensible.
Cada persona desarrolla sus emociones día a día, y el entorno, la sociedad y el razonamiento lógico de los actos, influyen en la manera de tratar esas emociones, hasta llegar al punto de transformarlas o cambiarlas, e incluso aprender ciertas emociones que no sientes como tuyas (sino de todo un colectivo). El hecho de tener empatía por el prójimo, hace que te pongas en la piel de éste y puedas sentir dichas emociones como él mismo, pero realmente nunca serán las mismas.
Creo que la censura de las emociones es muy cultural y propio de cada territorio; según las costumbres que haya habido, el tipo de religión...etc., cada etnia, sitio y demás, han evolucionado de tal forma que expresan ciertas emociones de un modo muy distinto (muchas veces nos podemos encontrar emociones por razones muy distintas), pero, como he empezado el párrafo, debo decir que siempre hay censura.
Como han podido observar, la emoción de censura es un juego de palabras, en el cual quiero reivindicar el poder de la emoción frente a cualquier censura; me gustaría que cuando viéramos a alguien llorar, no giráramos la cabeza con acto bochornoso de quien no quiere saber nada o le incomoda éste; me gustaría que cuando viéramos a alguien saltar de alegría no lo tacháramos de excéntrico; me gustaría que en cualquier momento pudiera expresar mis emociones sin sentirme observado como si mis actos estuvieran fuera de lugar y no fueran una consecuencia de ser humano.
21.12.09
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